Hecatombe
Se escuchó un estruendo y la tierra comenzó a desgarrarse, en la hojarasca las arañas, hormigas, escarabajos y cien pies trataron de escapar, pero algo que no lograron ver u oler los abatió en un instante. El objeto que los masacró parecía moverse lentamente desde la percepción de un insecto, se elevaba y bajaba aplastando miles de seres habitantes de la hojarasca una y otra vez. Debajo de ella donde la humedad del suelo es suficiente, los colémbolos, lombrices, larvas de gallina ciega y babosas, perecieron en lo que a ellos pareció un evento eterno.
Conforme el desgarramiento de la tierra continuaba, todos los habitantes de zonas más profundas en el suelo se vieron afectados, las primeras en perecer fueron las tarántulas, seguidas por cangrejos, serpientes, ratones, musarañas, liebres y las enormes ciudades de hormigas. Las conexiones entre los hongos y las raíces de los árboles fueron fragmentadas en segundos, evitando la correcta comunicación de toda la vegetación en la superficie de la selva, que se vio imposibilitada de actuar en defensa propia. Cuando los depredadores atacan, las plantas trabajan juntas y en ocasiones acuden incluso a otros organismos para protegerse, pero ante una calamidad tan grande les fue imposible tomar represalias.
Los primeros árboles comenzaron a caer, incluyendo las lianas, líquenes, bromelias y orquídeas que sobre ellos crecían. Del suelo eran arrancados cientos de especies de hierbas y arbustos, algunos incluso desconocidos para la ciencia. Con la muerte de los árboles perecieron también los seres habitantes de las copas, entre ellos las crías de algunas especies de aves, serpientes arborícolas, murciélagos desprevenidos, ardillas, larvas, abejas, mosquitos, ranas y muchos más. Los únicos afortunados quizá fueron los habitantes del suelo, aquellos que con cuatro patas o ágiles alas lograron escapar. Pecaríes, venados, mapaches, tlacuaches y algunos coatis se alejaron lo suficiente para sobrevivir.
Mientras los días pasaron y los estruendos continuaron, un una nube de polvo se irguió sobre el cerro donde ocurrió la catástrofe. Toda la selva parecía conmocionarse y los animales refugiados daban testimonio de lo ocurrido al resto de los moradores de ese bosque tropical.
Al disiparse el polvo, fue evidente que el cerro que estuvo lleno de vida se había ido, era ya sólo una superficie plana. Conforme los meses continuaron el cerro fue substituido por algo más alto de lo que él fue, tres hoteles en los que la vida de animales, plantas silvestres y hongos no era bienvenida.
Al cabo de unos años, la humanidad olvidó la hecatombe ocurrida, pero la selva no dejó de luchar por devolver vida al sitio donde estuvo el cerro. Los pastos crecen en las grietas de cada edificio como señal de que cuando la humanidad termine la destrucción de sí misma, la tierra volverá a vivir.

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