Una semilla que no germinó
La semilla que no logró germinar,
que en la obscuridad de su teca,
se consumió, se olvidó, y se transformó en nada. Ese fue el amor que te tuve. Esa fue la semilla que escupiste al comer la manzana, una sandía o una papaya, y en terreno árido cayó, sin agua y un sol abrazante que todo lo quema imperceptiblemente.
De mis ojos, las vendas cayeron, esa imagen nítida de un ser perfecto, se manchó, se distorsionó y hoy otra visión tuya capta mi mente. Eres egoísmo, eres hipocresía, eres una mentira que camina todos los días, un río poco profundo de arenas movedizas, o quizá las raíces que una manada de cerdos salvajes masticó, en su frenesí alimenticio. Evitando que el verdadero amor nutriera el xilema y floema de una planta que pudo ser el árbol más alto del bosque.
Tenías razón, el amor que juré era fugaz, más fugaz que el vuelo de lechuzas silenciosas esquivando las ramas de los árboles, fugaz como la vida de una mosca, fugaz como la juventud que abandona este cuerpo de planta que se pudre, anunciando que un espacio en la selva quedará libre algún día, para que otros alcancen el cielo, fugaz como tu risa, como tus palabras llanas, como el olor de tu camisa, cómo el dolor que me habita.
Eres libre, te libero, aunque nunca fuiste un ave cautiva, porque ni a las ves soporto ver entre jaulas, pero libero a mi mente, a mi cuerpo, y a este latente cariño de tu presencia, porque hoy todo lo que sentí por ti, murió como una semilla que no germinó.
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