Todos somos mangos
Hace unos meses caminaba por el jardín al que mi padre se encarga de dar mantenimiento. En el jardín se encuentra un gran árbol de mangos y alrededor de él encontré muchos mangos que habían cedido a la gravedad durante la tarde y noche anterior, inmediatamente me di a la tarea de recoger algunos que me parecieran maduros, después fui a sentarme sobre unas escaleras que conducían a la calle. Tomé en mis manos dos de los mangos que me parecieron más grandes, con manchones de color rojo y amarillo, sin ninguna imperfección aparente. Pelé uno de estos e inmediatamente le di una mordida y sabía muy bien, con una pulpa suave y llena de azucares naturales, lo disfruté tanto que no pude evitar comérmelo precipitadamente. Cuando abrí el segundo mango que había elegido por lucir tan perfecto como el primero, encontré en su interior partes de la pulpa en descomposición, y era probable que algunos gusanos estuvieran ya consumiendo su dulce néctar con intención de convertirse en la próxima generación de moscas de la fruta. Meditando en lo ocurrido, recordé que las apariencias engañan, si estos mangos fueran personas, ambos serían físicamente atractivos, pero su esencia, aquella invisible a nuestros ojos, bien podrían perseguir la felicidad propia y de quienes les rodean o bien podrían vivir una vida desbordante de sentimientos negativos, aquellos que son el combustible del odio en el mundo.
Cabe mencionar que el mango es mi fruta favorita y podría comer hasta una docena en un solo día durante la temporada. Los mangos he aprendido con el tiempo los hay en diversas variedades, grandes o pequeños, rojos, amarillos, creciendo en árboles gigantes o enanos. Tal cual fueran humanos chaparros o altos, gorditos o delgados, morenos o de piel clara, nacidos en los pueblos o en las ciudades, vamos al fin de cuentas mangos, mejor dicho, humanos.
Más tarde, después de pasar cierto tiempo reflexionando en el evento matutino, decidí intentar comer otro mango. En esta ocasión para no cometer error alguno, no tomé en cuenta la apariencia externa, tomé aquellos que se veían menos atractivos a mis ojos, de proporciones irregulares y con algunas manchas que aparentaban un mal estado. Pelé el primero y efectivamente se le veía desagradable, evidentemente tenía larvas de mosca de la fruta. Me detuve antes de pelar otro mango con similar apariencia, pero la curiosidad me llevó a hacerlo. Estaba exquisito, me lo comí felizmente al descubrir las buenas condiciones en que se encontraba. Otra vez me encontré comparando a mangos y personas en mi cabeza, hay personas que ante los estándares de belleza del mundo actual, no son consideradas atractivas, lo interesante es que algunos a pesar del trato que les da el mundo en base a su apariencia, deciden compartir amor con él, mientras otros eligen el camino de los sentimientos negativos, personas que bien podrían ser comparadas con los villanos de un comic.
No todos los frutos del gran árbol en el jardín llegarán a ser árboles adultos como él, algunas semillas serán destruidas a picotazos, se desintegraran en lugares con alto grado de descomposición, caerán en suelos inadecuados al ser transportadas por sus consumidores, mientras otras simplemente serán estériles de origen. Otra similitud compartida con los humanos, en los que hay miembros fértiles e infértiles, que deciden conscientemente tener hijos o no, o quizá los tengan a una edad temprana o avanzada, pero no todos logran dejar semillas que continuaran su descendencia. Si esta tendencia que mantiene el balance natural se rompiera, el crecimiento en la población de mangos o humanos fuera exponencial, y sin obstáculos, el mundo terminaría sobrepoblado de mangos, o humanos.
Al día siguiente en lugar de tomar los mangos del suelo, corté 4 mangos con un gancho. 2 lucían verdes y 2 de ellos parecían maduros, abrí primero los que a la vista estaban maduros, pero al abrir uno de ellos descubrí que le faltaba todavía tiempo para que su pulpa estuviera perfecta. Tuve más suerte con el siguiente, me lo devoré en minutos, feliz de obtener una pequeña victoria. Decidí abrir los que no parecían estar listos todavía, inspirado por mi triunfo con el último mango, pero me sorprendí al descubrir que uno estaba en optimas condiciones, mientras que el otro estaba todavía en proceso de maduración. Esto inevitablemente me llevo de nuevo a pensar en mis congéneres humanos, algunos adultos viven y se comportan maduramente, mientras otros se aferran a una edad pasada y deciden vivir así el resto de su vida. Por el otro lado, algunas personas jóvenes actúan de manera inmadura y son criticados fuertemente por la sociedad, pero no está mal ser inmaduros, un día quizá llegarán a ser adultos. Hay jóvenes se desarrollan en circunstancias que les obligan a crecer mentalmente más rápido que otros, jóvenes con fuerza para hacer transformar su mundo que les rodea, tomando decisiones objetivas. Que complicados son los mangos y los humanos pensé, y decidí tomar una pausa antes de intentar comer otro mango de aquel árbol que tanto me había enseñado sólo con el hecho de existir en el mundo, mostrándome a mí un simple humano la realidad que decidimos ignorar comúnmente.
La próxima vez que comí un mango en mi vida, lo tomé al azar, era de tamaño promedio, algunas partes lucían verdes y otras maduras, mientras algunas porciones de su pulpa eran firmes, otras parecían estar mallugadas, pero disfruté de su sabor. Había descubierto a través de este mango, que los humanos son más complejos de lo que había concebido en días pasados, muchos son más parecidos al último mango, con defectos y virtudes, bondadosos y a veces crueles, con momentos de felicidad y otros de ira, de odio u amor, y es precisamente eso lo que nos hace a todos ser mangos, perdón, humanos.
P.d. Los mangos no discriminan, no discrimines tú.
Abraham Ventura (Antes de ser SuperCrab).

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